Evangelio del día 23 de Marzo de 2026.

Juan 8, 1-112
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Hoy nos fijamos en la frase:
“El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”
De nuevo la misericordia triunfa sobre la ley estricta que no tiene en cuenta el amor de Dios.
La respuesta de Jesús a los que juzgan y acusan “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra” desconcierta y hace que veamos en el que acusamos como en un espejo nuestro interior y que nos reconozcamos pecadores. Esta respuesta desarma nuestros conceptos humanos de justicia y es lógico que avergonzados nos vayamos escabullendo al vernos nosotros mismos acusados y que nos preguntemos ¿Quiénes somos nosotros para acusar y condenar a un hermano?
Fijémonos en la forma de actuar de Jesús: no nos juzga, perdona; no nos mira con superioridad, se inclina y cuando nos mira lo hace con compasión; nos restaura, nos devuelve la dignidad y nos invita a levantarnos, a retomar de nuevo el buen camino; no escribe nuestros pecados en una tabla de piedra o un en un papel con tinta imborrable, lo hace en la arena un medio en el que se borra lo escrito, nuestros pecados y debilidades son perdonados; nos hace comprender que la ley basada en viejas tradiciones, no conduce a cumplir la ley con amor y misericordia; y por último Jesús nos invita a volver al buen camino, a no pecar más.
Jesús, no condena a la mujer. Carga con todas las piedras arrojadizas -nuestros pecados- que nos conducen a juzgar, a acusar y a mirar a los demás por encima del hombro, creyéndonos mejores, y nos pide amar por encima de todo a todos los hombres, pues ninguno estamos libres de pecado.
Señor, ayúdanos a inclinarnos ante nuestros hermanos y a mirarlos con compasión y misericordia como tú nos miras.
Adorado sea el Santísimo Sacramento.
Sea por siempre Bendito y Alabado. FVR.
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