7 de Abril de 2026. Una frase del Evangelio de cada día. “Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!»”

Evangelio del día 7 de Abril de 2025.

Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les contesta: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?». Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!». Jesús le dice: «No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”». María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: «He visto al Señor y ha dicho esto».

Hoy nos fijamos en la frase:

“Jesús le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice: «¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!»”

María pasa de la tristeza de haber perdido su referencia en la vida, Jesús, a la alegría en un instante. No confiaba en un suceso tan extraordinario y le cuesta reconocer al Maestro. Todo el amor que tenía a Jesús no fue capaz de transmitirle la fe y esperanza en la resurrección, de ahí que se sorprendiera y quisiera retener y abrazarse a Jesús cuando le reconoció.

Nosotros también a veces estamos sumidos en el dolor, ofuscados y ocupados en nuestras cosas mundanas y no reconocemos al Señor. Pasamos la vida ensimismados y caminando entre preocupaciones, tristezas, quehaceres de la vida; confundidos y desorientados, sin encontrar por así decirlo, nuestro sitio en la vida. Nos falta como a la Magdalena, ese poquito de fe, de confianza y esperanza para reconocer a Jesús Resucitado.

María reconoce al Maestro por la voz, por esa relación vivida con Él, no por una explicación, sino por la experiencia.

A nosotros también nos llama Jesús por nuestro nombre y si le abrimos el corazón y hemos sentido o tenido alguna experiencia de fe, de confianza en Él, le reconoceremos inmediatamente. Medios tenemos para hacerlo: su Palabra, los Sacramentos, la oración y en nuestro caso de adoradores nocturnos, la adoración en nuestras vigilias.

Como María, en esos encuentros con Jesús Sacramentado, tenemos que pasar de nuestros dolores, tristezas y preocupaciones a la alegría de encontrarnos con Él. Y de la búsqueda desesperanzada al encuentro y la relación personal en los momentos de silencio y reflexión.

También recibimos la misión de salir renovados, llenos de su Espíritu para anunciar y dar testimonio de su Resurrección. Y convencidos que no podemos retener a Jesús solo para nosotros, que en todo momento la principal misión de nuestra vida es anunciar la buena noticia de la Salvación.

Señor, que tu Resurrección, nos ayude a comprender que resucitar también es renovar y renovarse, actualizar lo que sea necesario para que seas conocido, amado y adorado por todos los hombres.

Adorado sea el Santísimo Sacramento.

Sea por siempre Bendito y Alabado.                                               FVR.

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