Evangelio del día 22 de Enero de 2026.

Marcos 3, 7-12
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.
Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.
Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios».
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
Hoy nos fijamos en la frase:
“Tú eres el Hijo de Dios”
En varios relatos evangélicos Jesús es reconocido como el Hijo de Dios, en este caso lo gritan los espíritus inmundos.
A Jesús le seguía tanta gente que tiene que apartarse una vez más. Era tal la admiración que todos querían ser tocados por Él.
La multitud le sigue y reconoce porque los sana, porque les promete una nueva vida, porque hay algo nuevo que no habían visto ni sentido nunca. Todo un Dios que se une a los humildes, a los descartados, a los que sufren, a los pobres, enfermos y necesitados. Porque se entrega a todos con amor, compasión y misericordia. Porque no juzga y se junta, come y perdona a los pecadores.
Son dos reconocimientos distintos. De los que están entre la multitud unos lo harán por necesidad y porque perciben algo nuevo, distinto y otros porque han sufrido una verdadera conversión. Sin embargo los espíritus inmundos lo reconocen porque temen a Dios cuando se les acerca.
¿Cómo le reconocemos nosotros? ¿En grupo nos encontramos de los de la multitud, en los de la necesidad o en el de la conversión?
Jesús no quiere fama, ni reconocimiento exterior, ni tampoco ser reconocido con temor, sino ser reconocido con humildad, con verdadero deseo de encontrarse con Él con una fe fuerte basad en el amor.
Señor, no queremos ser indiferentes ante el sufrimiento, la pobreza y la necesidad, toca nuestros corazones para que te reconozcamos y proclamemos siempre y en todo lugar que “Tú eres el Hijo de Dios”.
Adorado sea el Santísimo Sacramento.
Sea por siempre Bendito y Alabado. FVR.
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