Evangelio del día 28 de Enero de 2026.

Marcos 4, 1-20
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar. Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos: «Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno». Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”». Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás?
El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Hoy nos fijamos en la frase:
“salió el sembrador a sembrar”
Jesús en este relato evangélico no solo enseña, sino que explica lo que ha querido decir en la parábola. Una explicación tan clara que ya no necesitaría que dijéramos nosotros nada, pero lo que sí es importante es que la meditemos y saquemos conclusiones sobre como la acogemos nosotros, y examinemos donde cae su Palabra.
El sembrador es Dios y siembra con generosidad. Siembra en todos los hombres, no selecciona ni discrimina, reparte su palabra y su amor sin calcular donde va a caer.
Nosotros somos el terreno, y Dios reparte las semillas sabiendo que unas darán fruto y otras no, pero siempre con la esperanza, de que nuestros corazones la acojan. Dios cree en el hombre y espera siempre la conversión, espera que el terreno sea propicio en algún momento y las semillas den fruto.
Los corazones endurecidos, distraídos por las rutinas y cómodos, son los que no dejan penetrar la Palabra de Dios, son terrenos que están al borde del camino sin labrar, pero sabe que su amor puede ablandarlos.
Los corazones que se entusiasman en el momento de recibir la Palabra, incluso se emocionan, pero no profundizan, olvidan pronto, y no son perseverantes, eso son los corazones que tienen un terreno pedregoso y es difícil que la semilla eche raíces.
Los corazones preocupados por las cosas del mundo, la ambición, la riqueza, son corazones que reciben la Palabra, pero las espinas mundanas, ahogan las semillas que puedan haber crecido.
Los corazones buenos, aunque con dudas, fallos y dificultades, son los que reciben la Palabra y tratan de que el terreno esté dispuesto para recibirla, para acogerla y para que den el fruto en la medida de sus dones y posibilidades. Son corazones dispuestos a seguir, a luchar y difundir la Palabra y que esta de fruto abundante.
Señor, ayúdanos a conocer la tierra buena que hay en nosotros, nuestros terrenos pedregosos, espinosos y cuando a veces nos vamos al borde del camino no dejes de sembrar tu amor.
Adorado sea el Santísimo Sacramento.
Sea por siempre Bendito y Alabado. FVR.
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