Evangelio del día 24 de Abril de 2026.

Juan 6, 52-59
En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.
Hoy nos fijamos en la frase:
“El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”
Este evangelio se refiera claramente a la Eucaristía. Si tomamos las palabras de Jesús al pie de la letra, puede desconcertarnos como les paso a los judíos e incluso a sus discípulos más allegados, llegando alguno de ellos a abandonarle y dejar de seguirle.
La fe es la que nos hace comprender, que el Pan y el Vino consagrados nos unen a Cristo. Lo llamamos comunión, que es en definitiva si damos la vuelta a la palabra unión con, cierto es que porque Él nos acepta, no por méritos nuestros, y porque nosotros libremente queremos recibirle y unirnos.
Aceptar el amor tan inmenso que Jesús nos ha dejado al quedarse con nosotros y practicar ese mandamiento del amor, es ese dejarnos habitar por Él para estar unidos a Él.
La Eucaristía es además, poner en práctica el mandato que hizo a los discípulos en la última Cena “Como yo os he amado, amaos también unos a otros”.
Deberíamos emocionarnos cada vez que recibimos el Cuerpo de Cristo. Jesús habita en nosotros, nos llenamos de vida y esa emoción debemos sentirla con fuerza porque nos unimos a Él. Le decimos que creemos, que confiamos, que le amamos, le adoramos y aunque no comprendamos el misterio de ese Pan Divino, nos sentimos alimentados en nuestro espíritu y queremos seguirle, ser discípulos, entregados a amarle y a amar a todos los hombres.
Señor, queremos vivir en comunión con tu mandamiento del amor, no permitas que nos apartemos de ti.
Adorado sea el Santísimo Sacramento.
Sea por siempre Bendito y Alabado. FVR.
Deja una respuesta