19 de Mayo de 2026. Una frase del Evangelio de cada día. “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo,..”

Evangelio del día 19 de Mayo de 2026.

Juan 17, 1-11ª

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese. He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos. Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti».

Hoy nos fijamos en la frase:

“Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo,..”

Incluso en los momentos difíciles Jesús enseña a los discípulos y a nosotros cómo hay que orar. Este evangelio es claramente una oración de intimidad, de confianza, de entrega, de glorificar al Padre y al mismo Jesús, de ruego al Padre para que nos proteja.

Jesús no se angustia en sus despedida Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo”, sino que muestra como tenemos que hacer en los mementos de dificultad, de enfermedad, de duda, de fragilidad de nuestra fe. Él le pide al Padre que le glorifique en los momentos en que su misión salvadora, dura, cruenta e ignominiosa va a concluir, ya que esa misión de su vida, pasión, muerte y resurrección glorificará también al Padre que le envió.

Y Jesús, como hemos venido escuchando en estos evangelios de Juan, nos ama hasta el extremo, y nos dice que no nos dejará solos, también dirige esta oración con una petición al Padre por todos nosotros y una afirmación que nos confirma como Hijos de Dios y Hermanos suyos, He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra.”

Este ruego al Padre, también nos confirma que la misión que Jesús finaliza en la tierra, es la que nos encomienda continuar a nosotros. La misión que nos encomienda, es ser fermento de santidad, fraternidad y hermandad, ser luz del mundo transmitiendo la verdad del Evangelio a todos los hombres, ser sal que conserve la fe en su Palabra y enseñanzas, ser camino y guía de salvación y vida eterna.

Jesús nos habla de oración de intimidad y nosotros muchas veces la reducimos a momentos aislados y concretos, a prácticas concretas y rutinarias, que no llegan a producir esa comunicación completa e  íntima con Dios.

Jesús oraba al Padre siempre elevando la mirada, y no solo lo hizo en los momentos de dificultad o de angustia, sino en la vida normal y diaria. Lo que nos quiere transmitir es que nuestra oración no ha de ser solo de palabra, de recitar oraciones, himnos o salmos, sino una oración de escucha, aunque parezca que Dios no nos habla; de silencio, porque a veces no sabemos que decirle; una oración de obrar según sus enseñanzas con los demás.

Señor, hoy levantamos con alegría nuestra mirada a lo alto y con confianza como nos dice tu Hijo te decimos, tuyos somos desde siempre, ayúdanos a guardar y llevar tu Amor a todos los hombres.

Adorado sea el Santísimo Sacramento.        

Sea por siempre Bendito y Alabado.                                               FVR.

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