Evangelio del día 16 de Mayo de 2026.

Juan 16, 23b-28
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».
Hoy nos fijamos en la frase:
“si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará”
Jesús nos ha venido hablando del amor que Dios nos tiene, del mandamiento nuevo del amor “amaos unos a otros como yo os he amado”, de la alegría de sentirnos cristianos y hoy nos habla de la oración, la confianza y como ya nos quiere Dios desde siempre.
De nuestro corazón tiene que nacer a través de la oración una relación de confianza e intimidad con Dios Padre. De la oración con sencillez, fe y la confianza en Jesús y Dios Padre debe surgir un vínculo de unidad, de cercanía y de amistad, iluminada por el Espiritual Santo. Un vínculo que nos hará sentirnos hijos del mismo Padre y hermanos de Jesús.
Jesús nos invita a pedir todo en su nombre, porque el Padre no nos negará todo lo que pidamos a través de Él. Y para pedirlo tenemos que hacerlo con sencillez, confianza, sin exigencias y de corazón, si no se puede convertir en una rutina, en un trámite de puro cumplimiento. ¿Entonces cómo debemos de dirigirnos, orar y pedir?
Lo más importante es orar y pedir desde lo más profundo de nosotros, dirigiéndonos a Dios con sencillez, con humildad y como el mismo Jesús nos enseña, poniéndonos enteramente en sus manos, pidiéndole lo que más nos convenga y lo que el crea que necesitamos.
Sabemos que Jesús se dirigía constantemente al Padre y en esa intimidad y confianza se entregó completamente a su voluntad “No se haga mi voluntad, sino la tuya”, o como nos enseñó en el Padre Nuestro “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. También la Virgen María, nos da un buen ejemplo de como orar y relacionarnos con intimidad con Dios “Hágase en mi tu voluntad”.
Si somos capaces de recitarlo en nuestras oraciones constantemente, hagamos entonces lo que decimos con los labios realidad de nuestra vida cotidiana, en las celebraciones litúrgicas, en las reuniones cuando pedimos que el Espíritu nos ilumine, en nuestras relaciones con los demás y en las peticiones particulares de nuestras necesidades.
Señor, danos un corazón sencillo que confié plenamente en que lo que tú nos das es lo más conveniente para nosotros. Confiamos en que lo que te pidamos en nombre de tu Hijo Jesús, nos lo vas a conceder, si es lo que necesitamos según tu voluntad.
Adorado sea el Santísimo Sacramento.
Sea por siempre Bendito y Alabado. FVR.
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